Los años habían pasado como pasan las estaciones en Andalucía: dejando huellas suaves, silenciosas, pero profundas. Yo ya no era la niña que ayudaba a las hormigas ni la que tiraba del rabo de Disjusto creyendo que era un muñeco. Era una mujer hecha de vivencias, de ternura, de cicatrices que no duelen pero enseñan.
Un día de verano, mientras paseaba por un camino de tierra cerca de su casa, vio a lo lejos un perro grande. Muy grande. De esos que, sin querer, ocupan todo el paisaje. Estaba sentado junto a una encina, mirando el horizonte como si esperara a alguien.
Yo, con un miedo incontrolable, me detuve temblando. El corazón me dio un salto antiguo, el mismo del día que Disjusto girándose demasiado rápido, me mordío. Ese recuerdo nunca se había ido del todo. El perro levantó la cabeza. Sus ojos eran tranquilos, de esos que parecen decir: “No tengo prisa.”
Respiré hondo. No quería retroceder. Tampoco quería avanzar.
Solome quedé ahí, en medio del camino, sintiendo cómo el pasado y el presente se tocaban por primera vez sin hacerse daño.
Cuando me alejaba, el sendero queda lleno de pequeñas luces.
Son los restos del perro mágico, que me sigue sin seguirrme, que me cuida sin tocarme,
que iluminba cada paso que daba hacia mi próxima historia.
Y cuando yo digo “vuelvo pronto”, el mundo entero parece asentir.
El perro se levantó despacio. No corrió. No ladró.
Simplemente caminó hacia mí con la calma de quien sabe que la confianza es un puente que se cruza de a poco.
Sentí un temblor en las manos. Pero también sintí algo más: una ternura nueva, adulta, distinta de la de la niña que jugaba con Dijusto sin entender límites.
El perro se detuvo a unos metros, me miró, esperó, y yo sin acercarme del todo, sin forzar nada, hice algo pequeño pero enorme:
sonreí.
El perro movió la cola. Apenas un poco.
Como un saludo. Como un “te veo”.
Anque quería, no lo pude acariciar, no hacía falta. En ese gesto mínimo, en esa distancia respetada, ocurrió algo que llevaba años queriendo suceder: el recuerdo de Disjusto dejó de doler.
El perro dio media vuelta y regresó a la sombra de la encina. Yo sigui mi camino, ligera, con una sensación nueva en el pecho: no había vencido un miedo, había sanado un recuerdo.
Y mientras caminaba, sinti que la niña que fui —la que ayudaba a las hormigas a llegar antes a su hormiguero con su comida, la que amaba sin medida, la que lloró sin entender— caminaba a su lado, orgullosa.
Imágenes creadas con IA


