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viernes, 16 de octubre de 2026

Segundo relato: Dijusto y María adulta

Los años habían pasado como pasan las estaciones en Andalucía: dejando huellas suaves, silenciosas, pero profundas. Yo ya no era la niña que ayudaba a las hormigas ni la que tiraba del rabo de Disjusto creyendo que era un muñeco. Era una mujer hecha de vivencias, de ternura, de cicatrices que no duelen pero enseñan.

Un día de verano, mientras paseaba por un camino de tierra cerca de su casa, vio a lo lejos un perro grande. Muy grande. De esos que, sin querer, ocupan todo el paisaje. Estaba sentado junto a una encina, mirando el horizonte como si esperara a alguien.



Yo, con un miedo incontrolable, me detuve temblando. El corazón me dio un salto antiguo, el mismo del día que Disjusto girándose demasiado rápido, me mordío. Ese recuerdo nunca se había ido del todo. El perro levantó la cabeza. Sus ojos eran tranquilos, de esos que parecen decir: “No tengo prisa.”

Respiré  hondo. No quería retroceder. Tampoco quería avanzar.
Solome quedé ahí, en medio del camino, sintiendo cómo el pasado y el presente se tocaban por primera vez sin hacerse daño.



Cuando  me alejaba, el sendero queda lleno de pequeñas luces.
Son los restos del perro mágico, que me sigue sin seguirrme, que me cuida sin tocarme,
que iluminba cada paso que daba hacia mi próxima historia.

Y cuando yo digo  “vuelvo pronto”, el mundo entero parece asentir.





El perro se levantó despacio. No corrió. No ladró.
Simplemente caminó hacia mí con la calma de quien sabe que la confianza es un puente que se cruza de a poco.

Sentí un temblor en las manos. Pero también sintí algo más: una ternura nueva, adulta, distinta de la de la niña que jugaba con Dijusto sin entender límites.

El perro se detuvo a unos metros, me miró, esperó, y yo  sin acercarme del todo, sin forzar nada, hice algo pequeño pero enorme:

sonreí.

El perro movió la cola. Apenas un poco.
 Como un saludo. Como un “te veo”.

Anque quería, no lo pude acariciar, no hacía falta. En ese gesto mínimo, en esa distancia respetada, ocurrió algo que llevaba años queriendo suceder: el recuerdo de Disjusto dejó de doler.

El perro dio media vuelta y regresó a la sombra de la encina. Yo sigui mi camino, ligera, con una sensación nueva en el pecho: no había vencido un miedo, había sanado un recuerdo.

Y mientras caminaba, sinti que la niña que fui —la que ayudaba a las hormigas a llegar antes a su hormiguero con su comida, la que amaba sin medida, la que lloró sin entender— caminaba a su lado, orgullosa.

Imágenes creadas con IA

sábado, 16 de marzo de 2019

Un año más sabio

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Hoy es tu cumpleaños, querido amigo, y no puedo conformarme con cualquier regalo material; sé que lo que voy a entregarte te hará la misma o más ilusión, así que voy a buscar la llave que le quité anoche mientras dormía al hombre que te escondió dentro de su alma cuando eras aún muy niño. Quizá lo has olvidado, así que vamos a recordarlo juntos.
José era un niño inquieto, alegre y cariñoso, con una mente prodigiosa, que utilizaba para dar vida a insospechadas travesuras. Sin embargo, su condición social le obligaba a guardar las apariencias.
 Sus padres procedían de familia noble, aristócratas, por lo que le exigían demasiado para su edad. Buenos modales, buen comportamiento y un sinfín de preceptos que él no podía ni quería cumplir. En toda la casa, nadie se atrevía a retener sus ansias de aventura; solo la cocinera, a la que adoraba, sabía frenar su ímpetu, mimándole.  Ana, así se llamaba, era una mujer pequeña de estatura, pero con carácter y un corazón enorme que entregó a aquella familia desde que entró a trabajar a la casa con tan solo veinte años, y hasta sus últimos días. Ella le consentía todo. En los días de verano, cuando el calor del mediodía era tórrido e insoportable, ella era su cómplice. Esperaba en el balcón para ver llegar al heladero con su carrito lleno de barquillos y helados de diferentes sabores, y le abría la puerta para que comprara uno enorme que compartía con ella. Eso, por contar alguno de los caprichos que le consentía.
 Bien, ya habrás reconocido a ese niño, ¿verdad? Pues ahora prepárate. Voy a abrir la puerta para que salgas. Fuera te espera el campo abierto, la vida que te robaron y el trozo de corazón que dejaste colgado de una estrella la noche triste de tu precipitada huida hacia el mundo de los mayores. También te espera tu primer amor, el más hermoso que has tenido jamás.  Maite, esa es la niña rubia de ojos verdes a la que voy a llamar para que volváis a revivir las aventuras que tan felices os hicieron. Ella no vive encerrada como tú; es un alma libre, sin fronteras, pero cumplió la promesa que os hicisteis de recordaros siempre, la que cada vez que se siente triste, piensa en ti y sonríe.





¿Recuerdas cuando ibas a coger pichones a la torre de la iglesia para llevarlos al "tío Pichón"? ¡Qué mal lo pasaba Maite al verte trepar por las cornisas donde solo pisabas medias tejas, y a seis metros de altura! Y mira que intentaba persuadirte de que no lo intentaras, contándote mil historias con su dulce entonación. Pero tú no obedecías a nadie; eras un aventurero con ganas de comerte el mundo, sabías que te quedaba poco tiempo para gozar de esa tu libertad tan parecida a las aves que tanto te gustaban.
¿Recuerdas cuántas noches quedabais para contar estrellas y cuántas historias de miedo te inventabas para asustarla, aunque luego la tranquilizabas confirmándole que contigo podía sentirse segura, que eras un héroe? Así le ganabas un beso. Reconócelo, no estaba bien.  No se debe hacer llorar a una niña, ni a mujer alguna. El amor y el cariño no deben causar daño.  Supongo que ya lo habrás comprendido en estos años.  Ahora, llegó el momento de decirte algo. 
 Sal de ese hombre. Coge de la mano a Maite, volved al camino plateado que os conducía a la Luna, no regreséis hasta que ese hombre respetuoso, tan ocupado, te eche de menos. Id a contar estrellas, a ver bailar los peces. Amorosamente se aman las almas gemelas. El amor es un sueño imposible a veces, o una ilusión nada más. Eso le decías a Maite, pero, claro, ahora, habrás comprobado que la vida sin ilusiones es terrible e infernal. Díselo cuando vuelvas al alma que te tiene encerrado. Dile que quieres salir más a menudo, que estás cansado de sus pleitos y sus responsabilidades. Dile que viváis juntos algunas aventuras fuera de ese despacho donde cada día hay más sentencias y dudas, donde los sueños están envejeciendo con él.
Dile que es muy querido también por esa niña que tiene su misma alma, y no te preocupes, sabrá de quién se trata.
¡Feliz cumpleaños!, querido amigo. No olvides que hoy eres un año más sabio.
Un abrazo.